LA HISTORIA DE PAMPLONA-IRU�A
LOS ALBORES
El n�cleo primitivo de la ciudad de Pamplona se remonta al primer milenio a.C., cuando era una aldea habitada por vascones, de nombre Uruna o Iruna, emplazada en la parte m�s alta de una terraza sobre el r�o Arga, en un emplazamiento estrat�gico. Aunque est� considerada como punto importante en el primitivo trazado viario de la Pen�nsula Ib�rica e inevitable lugar de paso para las primeras migraciones indoeuropeas, los historiadores creen que el n�cleo primitivo pudo ser utilizado como escala por los celtas. Desde sus or�genes Pamplona muestra una decidida voluntad de ejercer su hegemon�a sobre el territorio circundante.
�POCA ROMANA Y VISIGODA
La romanizaci�n echa ra�ces
en el siglo I antes de Cristo, cuando la ciudad romana se instala sobre el
primitivo poblado vasc�n. Est� fuera de dudas que en el invierno de los a�os 75 a 74 a.
C. sirvi� de campamento al general romano Cneo Pompeyo, durante
su campa�a contra Sertorio,
al que se considera por ello fundador de "Pompaelo" , Pompailon,
Pompeiopolis, del que
deriva Pamplona, "la ciudad de Pompeyo" a partir de un poblado vasc�n aut�ctono. Los primeros historiadores
romanos, cuentan la gran dificultad que ten�an los generales de Roma en
conquistar estas tierras.
La cristianizaci�n del territorio y la presencia
cultural de Roma propiciar�n la consolidaci�n de Pamplona como capital pol�tica
y religiosa. Pamplona ( Iru�a ) se construy� con la intenci�n de
dominar las comunicaciones entre
el Cant�brico, el
r�o Ebro y los Pirineos por
parte de los romanos, sirviendo de
enlace entre la Pen�nsula y el resto del Imperio
a trav�s de la Galia. Pompaelo crece hasta convertirse en un aut�ntico municipio romano, con foro y
termas, que alcanza su m�ximo esplendor en el siglo II. Excavaciones en torno a la
catedral han puesto de manifiesto la existencia de una ciudad desarrollada y
dotada de servicios. El Museo de Navarra guarda testimonios de este momento
crucial, cuando el primitivo poblado de vascones entr� en la Historia de la mano
de la civilizaci�n romana.
La ciudad conoci� hacia el 275 las primeras incursiones germ�nicas, a las que en el 409 se
sumaron las invasiones de suevos, v�ndalos y alanos.
Queda constancia de la toma
de la ciudad por los visigodos en el a�o 472, en la pluma de San Isidoro, y en
la de San Gregorio de Tours, de las sucesivas conquistas de Childeberto I (511)
y Clotario I (561).
Navarra en general, y
de manera especial Pamplona, en los siglos VI y VII fueron un constante objetivo
militar para la monarqu�a visigoda, que trat� de controlar, con escaso �xito, el
territorio. Sin embargo convendr� precisar que esta empresa tuvo un inter�s
secundario, dado que ten�a lugar en un escenario alejado, remoto, para los
monarcas visigodos. Wamba restaura sus murallas en el siglo VII, y es posible
que en el 711, momento de la invasi�n isl�mica, el rey Rodrigo se encuentre en
campa�a militar frente a estos muros.
ALTA EDAD MEDIA
Las tropas
musulmanas llegaron temprano a Pamplona, en el a�o 714, aunque su presencia fue
ef�mera, ya que prefirieron arraigar en la Ribera, particularmente en la comarca
de Tudela, donde los musulmanes permanecieron durante 400 a�os, concretamente
hasta 1119. Despu�s de la
Conquista, Pamplona se somete a los musulmanes mediante pactos entre �stos y los
jefes nativos. Y es lugar de flujo y reflujo en los sucesivos intentos de �rabes
y francos por romper el equilibrio establecido a ambos lados de los Pirineos.
Desde el siglo VIII, el poder musulm�n, a cambio
de tributos, permite a la nobleza local conservar la religi�n cristiana y gozar
de cierta libertad de acci�n.
Carlomagno,
dentro de su pol�tica de expansi�n territorial, a la vuelta de una expedici�n a
la Zaragoza musulmana, ocup� Pamplona y destruy� sus murallas en el a�o 778.
Inmediatamente despu�s, en Roncesvalles, cuando estaba a punto de abandonar la
tierra de los vascones, sufri� una clamorosa derrota que inspir� la
Chanson de Roland y que frustr� su proyecto de constituir una zona de influencia
carolingia en el valle del Ebro, similar a la Marca Hisp�nica de Catalu�a. Tres
a�os m�s tarde, Abd al-Rahman I reocupa la ciudad.
Tras los episodios visigodos, musulmanes y carolingios, en
la segunda mitad del siglo IX la ciudad se afianza en el emergente n�cleo
cristiano, que al igual que en Arag�n y Asturias, se configura como elemento de
oposici�n frente al Islam instalado en el territorio de la monarqu�a visigoda,
cuando la familia vascona de los ��igo dio a Pamplona su primer caudillo, ��igo
Arista.
La dinast�a Jimena, en el siglo X, vertebra este movimiento
social y pol�tico y da lugar al Reino de Pamplona, as� llamado originariamente y
que as� se llamar� en los dos siglos siguientes, hasta que en 1164 se tom� el
t�tulo de Reino de Navarra. Sancho Garc�s I que rein� entre los a�os 905 al 925,
se compromet�a a acatar los Fueros, c�digos de leyes que garantizaban el
cumplimiento de los derechos de los navarros. Con este cambio de
denominaci�n se pretend�a subrayar la soberan�a del territorio, del conjunto de
Navarra, y marcar distancias frente a la corona de Castilla, a la que en alg�n
momento los monarcas navarros hab�an prestado vasallaje.
Para sobrevivir ante los reinos de Castilla y Arag�n, los
reyes de Navarra se pusieron bajo vasallaje de los reyes de Francia e incluso
las ultimas dinast�as reales navarras ( los Thibault o Teobaldos, los Champagne,
los Albret o Labrit ) eran de origen franc�s.
PAMPLONA MEDIEVAL, CAPITAL DEL REINO
En la Pamplona medieval predomina la autoridad del obispo, en tanto que el monarca tiene una corte itinerante, como es habitual en esta �poca. Pamplona se reduc�a entonces a una peque�a aldea campesina, denominada tambi�n Iru�a y m�s tarde Navarrer�a, heredera hist�rica de la ciudad romana, habitada por labradores dependientes del obispo y sometida al dominio temporal del obispo. De hecho durante m�s de 300 a�os, de finales del siglo X hasta 1323, permanecer� bajo la autoridad del obispo. Mientras tanto, el rey vive a comp�s de las coyunturas militares y pol�ticas, y establece su corte itinerante en otras poblaciones del reino antes que en Pamplona, donde aunque tambi�n tiene palacio no se encuentra c�modo, pues su jurisdicci�n puede entrar en colisi�n con la episcopal.
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La Pamplona
medieval no es una, sino tres. La pol�tica
repobladora de los monarcas pamploneses que inicia Sancho Ram�rez (1076),
dinamizada por el auge espectacular del Camino de Santiago, motiva el surgimiento
de nuevos n�cleos urbanos junto a la ciudad originaria. Aqu� existen, a veces a
duras penas, tres n�cleos urbanos diferenciados jur�dica y socialmente. Cada uno
de ellos tiene sus propias autoridades municipales, sus ordenanzas y sus
murallas.
El primitivo poblado vasc�n, tradicionalmente llamado Iru�a,
despu�s romanizado, alberga a los navarros, a los pobladores aut�ctonos; es
el barrio de la Navarrer�a.
En el burgo de San Cernin �San Saturnino, en
castellano� impulsado por la corona en los a�os 1090-1100, se ha establecido el
influyente grupo de francos, burgueses, comerciantes, en buena parte procedentes
de Francia de donde han tra�do su lengua y sus devociones �San Cernin se venera
en Toulouse�a los que Alfonso I el Batallador le extendi� el fuero de Jaca en
1129.
La poblaci�n de San Nicol�s constituye el tercer
n�cleo urbano de Pamplona, con una sociedad m�s heterog�nea en su procedencia y
condici�n social, -navarros y francos-, que actuar� como fermento de la futura
Pamplona favorecido tambi�n con el
mismo privilegio.
Estas dos nuevas
poblaciones se apresuran a levantar sus iglesias parroquiales y sus recintos
amurallados para dejar patente su autonom�a respecto al cabildo catedralicio. La trama urbana se completaba con
otros n�cleos menores: el peque�o burgo de San Miguel y la aljama jud�a junto a
la Navarrer�a y la "Pobla Nova del Mercat', de labradores,
sobre tierras del mercado del burgo de San Cernin.
Cuando
en 1189 Sancho el Sabio favorece al n�cleo de la Navarrer�a con un privilegio
real que la fortifica y la repuebla, se inicia una sucesi�n de enfrentamientos y
rencillas entre los tres burgos que dura tres siglos
debido
a las diferencias de origen de sus habitantes, privilegios y dependencia real o
eclesial.
La divisi�n en
barrios o burgos se mantendr� a lo largo de los siglos XIII y XIV, con su
secuela de conflictos y violencia que frena el desarrollo de la ciudad.
Or�genes, intereses y ocupaciones a menudo divergentes alimentaron frecuentes
rencillas entre los tres burgos principales. La tensi�n alcanza su mayor
intensidad en 1276, cuando al calor de la crisis pol�tica suscitada por la
llegada de una dinast�a extranjera al trono navarro, los Capetos, reyes de
Francia, las tropas francesas asaltan el barrio de la Navarrer�a, matan a sus
habitantes y arrasan las propiedades. El obispo, que ha padecido con especial
virulencia el saqueo, pierde su tradicional hegemon�a sobre la ciudad, que
pasar� definitivamente bajo control del monarca.
Navarra da un paso decisivo hacia el futuro, bajo la dinast�a de la casa de
Champa�a y con los reinados de Teobaldo I, Teobaldo II y Enrique I como
protagonistas. Poco a poco se van dejando atr�s las viejas formas y estructuras,
dando paso a otras m�s acordes con la modernidad de la �poca, tanto en apartados
econ�micos como sociales, apostando por aires europe�stas en su proyecci�n
exterior y en distintas reformas administrativas, que marcan el comienzo de una
nueva era que, los historiadores, engloban hasta la muerte de Enrique I en 1274.
La llegada de la casa de Evreux al trono de Navarra en 1328 abre una �poca de consolidaci�n pol�tica y de desarrollo econ�mico y cultural. Sin embargo, la situaci�n de casi continua guerra civil entre los burgos de la que no se libra, tampoco, la rica juder�a, persiste hasta el 8 de septiembre de 1423, fecha en que Carlos III, EL NOBLE, rey de Navarra, promulga el Privilegio de la Uni�n, fuero municipal que integra a las tres poblaciones bajo una sola autoridad municipal y bajo el mismo escudo her�ldico y que va a durar hasta la implantaci�n del nuevo r�gimen en 1836. Supone la fusi�n perpetua de "la ciudad", "el burgo'' y "la poblaci�n" en un solo municipio con alcalde, justicia y jurados comunes. La ciudad calificada a partir de ese momento de 'muy noble', dispondr�a as� en adelante de un emblema definitorio: el blas�n con le�n rampante sobre campo de azur y la corona s�mbolo del juramento de los reyes en la Catedral. Al fin la ciudad supera sus enfrentamientos fratricidas e inicia un periodo de desarrollo del que da testimonio el conjunto arquitect�nico de la Catedral, en el que destacan el claustro del g�tico final y el soberbio sepulcro, esculpido por artistas borgo�ones, en el que reposan Carlos III el Noble y su esposa.
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LA ANEXI�N DEL REINO DE NAVARRA
A CASTILLA
Tras la muerte de Carlos
III en el a�o 1425, Navarra se vi� sumida en una profunda crisis institucional.
La crisis pol�tica
que sacude Navarra durante el siglo XV, condensada en la guerra civil que
encarnizadamente mantienen agramonteses y beaumonteses, incide directamente en
la capital del Reino. Esta coyuntura de extrema debilidad y de caos social es
aprovechada por Castilla para invadir Navarra y poner sitio a la capital. Al
rendirse Pamplona en 1512 se rinde el Reino; y sus reyes �Juan de Albret y
Catalina de Foix� se han de refugiar en sus se�or�os del otro lado de los
Pirineos, en territorio franc�s, donde suspirar�n y conspirar�n por una
restauraci�n que no llegar�. Lo intentaron m�s de una vez, la �ltima en 1521,
cuando pusieron cerco a Pamplona. Aqu�, al servicio del virrey castellano,
combat�a Ignacio de Loyola que resultar� herido en el lugar donde hoy se levanta
una capilla en su honor, cerca del Palacio de Navarra. A partir de este rev�s el
noble guipuzcoano cambiar� su vida, dejar� las armas y crear� un ej�rcito
espiritual, la Compa��a de Jes�s. Inmediatamente se le unir� Francisco de
Javier, un noble navarro, estudiante en la Universidad de Par�s, cuya familia
parad�jicamente hab�a militado al lado de los reyes navarros del exilio y, por
consiguiente, frente al bando en el que hab�a luchado Ignacio de Loyola.
Navarra qued� incorporada a la Corona de Castilla como reino
con instituciones, leyes y fueros propios (Cortes de Burgos, 1515). Admitiendo
que Navarra era un reino diferenciado de las dem�s monarqu�as espa�olas en
cuanto a su territorio, jurisdicci�n y gobierno. Conserv� su independencia
econ�mica (aduanas y capacidad para acu�ar moneda). El donativo era un impuesto
que Navarra deb�a aportar, previa aprobaci�n de sus Cortes, a la hacienda
estatal.
PAMPLONA, CIUDAD FRONTERIZA
Tras la conquista de
Castilla, la capital del Reino adquiere un nuevo valor estrat�gico como plaza
fortificada frente a la permanente amenaza de invasi�n del monarca franc�s, el
entonces enemigo pertinaz de la corona castellana.
Se decidi� centrar la defensa del territorio en Pamplona y dotar a la ciudad de
castillos y murallas, capaces de resistir cualquier asedio que va a conocer una
intensa actividad fortificadora
a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII con el prop�sito de convertir la
ciudad en un basti�n infranqueable frente al temido ataque del otro lado de la
frontera pirenaica.
Ya Fernando el Cat�lico orden� construir un gran castillo en
1514 pero de este castillo no quedan restos aunque se localizaba donde hoy
est�n los jardines de la Diputaci�n y el comienzo de la calle San Ignacio, en
recuerdo del santo herido en su defensa en 1521. Las obras comenzaron en 1514 y
pr�cticamente en 1530 estaba concluido. Fue un castillo de altos muros de
siller�a rodeados de foso, pero de dise�o y planta- un cubo de cuatro
sobresalientes torreones circulares en los �ngulos- que pronto resultaron
obsoletos.
La construcci�n del Castillo de Fernando el Cat�lico dio lugar a que el Castillo Viejo, en desuso, se habilitara como c�rcel y posteriormente, en 1540, se demoliera dejando un espacio libre que posibilit� la actual Plaza del Castillo. La plaza se configur� en 1545 al estilo de las de la Edad Moderna: plaza rectangular, bordeada de edificios con arcadas o porches en planta baja, y utilizada para uso p�blico.
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Con los HABSBURGO, la monarqu�a hispana disput� su posici�n de primera potencia europea frente a Francia, y en esas circunstancias Navarra se hallaba a la vanguardia frente al enemigo. Desde entonces las obras de fortificaci�n fueron continuas, con la construcci�n de portales, lienzos, defensas, etc. y por encargo de Felipe II la construcci�n de una CIUDADELA que sustituyera al CASTILLO de Fernando el Cat�lico que a su vez hab�a sustituido al castillo �Viejo�. Con el advenimiento de la artiller�a, las ciudades fortaleza eran vulnerables, por lo que se requer�a, aparte de un ejercito profesional, fortalezas alejadas de las ciudades, establecimiento de bastiones en vez de muros, y colocaci�n de entrantes y salientes para mejor batir al enemigo.
La construcci�n sigue el dise�o de la m�s avanzada arquitectura militar renacentista. Se iniciaron las obras en 1571, bajo la intervenci�n del virrey Vespasiano Gonzaga y seg�n los planos del ingeniero militar italiano Giacomo Palear, apodado �el Fratin� seg�n los modelos de Amberes y Tur�n, conforme a la escuela italiana de Pacciotto de Urbino. Se trataba de levantar una fortificaci�n en forma de estrella de cinco puntas, con cinco baluartes, emplazada en el extremo suroccidental de la ciudad, que era el m�s expuesto.
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Pero Pamplona no se agotar� en esta funci�n militar y desarrollar� su vocaci�n de capitalidad pol�tica y espiritual. Aqu� se congregar�n las instituciones pol�ticas, entre las que ocupar� el primer lugar el Virrey, al cual act�an el Consejo de Navarra, suprema instancia judicial del Reino; la C�mara de Comptos, que ejerce de tribunal de cuentas; y la Diputaci�n del Reino, con funciones ejecutivas emanadas de las Cortes de Navarra. Las Cortes se reunir�n con frecuencia en la capital del Reino a lo largo de su dilatada existencia, que se prolongar� hasta 1828.
Dos hechos contribuyeron en el siglo XVIII al mantenimiento de la peculiar situaci�n navarra en el conjunto de la naci�n: El primero fue el poyo a los BORBONES en la Guerra de Sucesi�n a la Corona Espa�ola y Felipe V no aplic� a Navarra los Decretos de Nueva Planta, que derogaron las peculiaridades administrativas de Arag�n, Catalu�a o Valencia, dado que fue su aliada en dicha guerra. El segundo responde al donativo como pacto o contrato entre el rey y el reino, vinculado al funcionamiento de las Cortes como asamblea legislativa: no se aprobaba el donativo hasta que no se resolvieran los pleitos pendientes del reino con el rey y no se publicasen las leyes correspondientes.
En
el siglo XVIII con el afrancesamiento y la ilustraci�n se llev� a
cabo una gran labor de renovaci�n y de embellecimiento de la ciudad, y que
coincidi� con una �poca econ�micamente muy boyante. Muchos navarros enriquecidos
en la Corte o en Am�rica levantaron edificaciones representativas como
la
primera Casa de Misericordia (1706),
la Casa Consistorial (1752), el palacio arzobispal,
(1732-1736),el seminario de San Juan Bautista y
los palacios de Goyeneche, el del Conde de Ezpeleta, del Conde de Guendulain, de
los Navarro-Tafalla y el del Marques de Rozalejo, las
capillas de San Ferm�n (1717)en la iglesia de San Lorenzo y de la Virgen del Camino
en la de San Saturnino (1776), adem�s de la edificaci�n de
la fachada neocl�sica de la Catedral (1783), y el de la modernizaci�n urbana con
servicios tales como las cloacas y la red de alcantarillado (1772), empedrado y el alumbrado publico de las calles con
farolas de candilejas(1799).
Tambi�n se aprobaron
nuevas Ordenanzas que favorecieron la renovaci�n de parte del caser�o, con
viviendas de varias alturas sobre las estrechas parcelas medievales. Entre
1783 y 1798 se acometieron las obras para la provisi�n de aguas a la ciudad
desde el manantial de Subiza, situado en la falda de la sierra del Perd�n,
proyecto que requiri� la construcci�n del acueducto de Noain y de cinco fuentes
monumentales en la ciudad, obra de Luis Paret.
En el s. XVIII la Ciudadela se convirti� en prisi�n de hombres ilustres,
como el conde de Floridablanca, el marqu�s de Legan�s o el ministro Urquijo.
LA PAMPLONA CONTEMPOR�NEA
El XIX es un siglo
infausto. El
XIX fue un siglo de guerras -Independencia, Realistas, Carlistas-, pero la
ciudad de Pamplona sigui� evolucionando. La ciudad no escap� a los conflictos armados que se sucedieron en el
siglo XIX. Comienza con la Invasi�n Francesa, 1808. As�, las tropas francesas
que en 1808 hab�an tomado por sorpresa la Ciudadela (aproxim�ndose mientras
jugaban con bolas de nieve), permanecieron en Pamplona hasta 1813. Despu�s
vendr�an el asedio de las tropas realistas de los 'Cien mil hijos de San
Luis', que sitian y bombardean la ciudad en 1823. contra la guarnici�n liberal
pamplonesa (1823). Sigue con la sublevaci�n de O'Donell en 1841.Y, adem�s, y
sobre todo, vive el intenso y repetido estremecimiento de las Guerras Carlistas
(entre 1833 y 1877) en las que Pamplona y todo el reino de Navarra est�n
profunda y epid�rmicamente implicadas y en las que la capital se
alineara con la monarqu�a isabelina frente a la Navarra rural, partidaria del
pretendiente don Carlos.
La desamortizaci�n de los bienes eclesi�sticos (1836) supone el derribo de algunos conventos de religiosos como el de Carmelitas, sobre el que se levantar� el Palacio de Navarra (1843) sede de las instituciones forales y el Teatro Principal (1841) hoy trasladado a la avenida de Carlos III: supone tambi�n la transformaci�n del convento de Santo Domingo en Hospital Militar y del de San Francisco en escuela. En 1860 la Compa��a de los Caminos de Hierro del Norte inauguraba la estaci�n de ferrocarril de v�a ancha de Pamplona, extramuros, junto a la que nacer�a el barrio de La Estaci�n. El siglo concluye con el desbordamiento demogr�fico del per�metro de la antigua poblaci�n y la consecuente creaci�n del primer ensanche (1888) que aportar� al patrimonio urbano ciertos edificios en la l�nea de la est�tica modernista.
DE REINO A PROVINCIA
El reinado de Isabel II supone el fin de Navarra como reino dentro de la
monarqu�a espa�ola. El triunfo final del liberalismo sobre la causa absolutista
supuso la transformaci�n del territorio en una provincia dotada de ciertas
peculiaridades pero despojada del sistema institucional que se hab�a forjado en
la edad media. En 1841, la LEY DE FUEROS DE NAVARRA llamada tambi�n LEY
PACCIONADA regula la situaci�n pol�tica de Navarra y cre� un sistema espec�fico
con privilegios fundamentalmente fiscales que siguieron marcando una cierta
singularidad. Con todo, el peso del tradicionalismo y la confrontaci�n m�s o
menos permanente con el gobierno central por la interpretaci�n y la aplicaci�n
de ese acuerdo se�alaron los hitos m�s importantes de la pol�tica navarra
durante el resto de la centuria.
Durante el sexenio revolucionario revolucionarios y carlistas se apresuraron a proclamar su apoyo a la reintegraci�n foral y comenzaron las revueltas, Carlos VII se instal� en Estella pero las ciudades se resist�an y Pamplona sufri� un asedio a comienzos de 1875 pero pudo defenderse de los carlistas hasta la llegada de tropas enviadas por Alfonso XII que reinstauraba la monarqu�a de los Borbones.
La Espa�a de la Restauraci�n Mon�rquica estuvo marcada por la alternancia en el gobierno de los dos grandes partidos, el conservador y el liberal y la corrupci�n pol�tica para manipular las elecciones en beneficio de uno y otro. Entre los conservadores militaban miembros de la aristocracia y alta burgues�a, mientras que los liberales eran menos influyentes. En este tiempo empieza a desarrollarse un movimiento pol�tico, el "FUERISMO", promovido por intelectuales como Juan Iturralde y Suit o Arturo Campi�n que pretend�an la conservaci�n y el empuje de la lengua y la cultura vascas, pero tambi�n la defensa del r�gimen foral y su reintegraci�n. El mayor encontronazo se produjo en 1893, cuando el ministro de Hacienda Germ�n Gamazo, proyect� acabar con la autonom�a fiscal navarra e imponer el r�gimen com�n del resto de Espa�a. Diputaci�n, representantes en Cortes, ayuntamientos e incluso la prensa se movilizaron contra el Gobierno central, se recogieron firmas de protesta entre los ciudadanos y se organizaron manifestaciones. En conmemoraci�n de este suceso, LA GAMAZADA, se levant� en Pamplona el MONUMENTO A LOS FUEROS.
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.El siglo XX ha sido uno de los m�s convulsos y conflictivos de la historia navarra, en consonancia con el discurrir de la pol�tica espa�ola y europea. La centuria se iniciaba con una regi�n conservadora, dominada por el carlismo. El reinado de Alfonso XIII fue muy conflictivo y la cuesti�n foral y la considerable presencia del carlismo enfrent� a los sucesivos gobiernos.
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Con Alfonso XIII reci�n nombrado rey, Cuba perdida cuatro a�os atr�s y la vida pol�tica de la Restauraci�n a punto de agotarse, nac�a en la capital navarra un nuevo peri�dico, Diario de Navarra. Los primeros meses de 1903 vieron c�mo llegaba a buen fin la idea de crear un peri�dico independiente y empresarialmente moderno en Navarra. En febrero de 1903, Pamplona rondaba los 30.000 habitantes, el tel�fono era un invento reci�n estrenado y acababan de debutar los autobuses a vapor. Era una ciudad encerrada en sus murallas con el Monumento a los Fueros del Paseo Valencia todav�a en obras. La poblaci�n vivir� constre�ida, reducida a un espacio cada vez m�s angosto que le impedir� afrontar los retos de una sociedad que comienza a abandonar las formas de vida y de trabajo del Antiguo R�gimen. As� surgi� en 1888, el Primer Ensanche, en torno a la Ciudadela y el Segundo Ensanche, en 1905, para permitir el crecimiento ordenado hacia el Sur. |
El carlismo, permaneci� dividido en varios sectores hasta la proclamaci�n de la Rep�blica en 1931. En Navarra se implant� el partido nacionalista vasco, fundado por Sabino Arana y tambi�n el Partido Socialista Obrero Espa�ol. Durante la Dictadura de Primo de Rivera, el principal motivo de discusi�n de estos a�os fue la administraci�n municipal.
Con la II Rep�blica , las tensiones pol�ticas y sociales se agudizan, pero los grupos conservadores mantienen un peso pol�tico y social siempre mayoritario. El estallido de la guerra, en el que algunos l�deres militares y civiles navarros fueron protagonistas, situar� a la regi�n en el lado de los vencedores desde el primer momento a pesar de la presencia de una minor�a de izquierdas que fue duramente castigada.
Navarra fue una de las regiones donde triunf� el Golpe de Estado gracias al acuerdo que el General MOLA realiz� con los REQUET�S, pocos d�as antes del 18 de Julio de 1936. Por este motivo el General Franco acept� la situaci�n foral que hab�a en Navarra a partir de la Ley Paccionada de 1841. En la primera visita que realiz� a Navarra en Nov. de 1937, concedi� la Cruz Laureada de San Fernando que figur� en el escudo oficial hasta la llegada de la Democracia. En Dic. de 1952 volvi� para inaugurar el Pantano de Yesa, el Monumento � de los Ca�dos en la Cruzada� y las casas del Patronato �Francisco Franco�, en la Chantrea, construidas para obreros en los inicios del desarrollo econ�mico. En los carteles de bienvenida al escudo del Yugo y las Flechas, propio de la Falange, superpusieron la Cruz de San Andr�s, s�mbolo de que el Carlismo sequ�a siendo la principal fuerza pol�tica en Navarra.
La d�cada
de los 60 y 70 supusieron una r�pida industrializaci�n y modernizaci�n de
las estructuras econ�micas y Navarra se convirti� en una de las regiones m�s
conflictivas socialmente frente al r�gimen de Franco.
La creaci�n del pol�gono
industrial de Landaben, dentro del Plan de Promoci�n Industrial propiciado en
1964 por la Diputaci�n Foral, impuls� definitivamente la actividad industrial de
Pamplona y propici� un profundo y generalizado cambio en las mentalidades y en
las condiciones de vida. La Pamplona tradicional, peque�a, artesana y rural, se
transform� en una sociedad viva, que impuls� las reivindicaciones sociales y
pol�ticas.
La transici�n pol�tica del franquismo a la democracia se
vivi� en la capital navarra con particular intensidad, primero en el plano
sindical y despu�s, de manera generalizada, en el pol�tico y cultural.
El proceso culmin� con la democratizaci�n del sistema
pol�tico y la reforma del r�gimen foral navarro. La
calidad de vida de los pamploneses experimenta una progresi�n paralela a la
urban�stica. A partir de entonces la poblaci�n rebosa las estructuras
urban�sticas y se expande hacia los barrios perif�ricos. Se inicia el tercer
ensanche y con �l una alteraci�n de la imagen anterior de Pamplona que adquiere
una nueva fisonom�a organizada alrededor de un amplio cintur�n de parques y
zonas verdes.
La
Pamplona de hoy se presenta al visitante como una ciudad din�mica, de tama�o
medio y equilibrada que combina
el legado hist�rico de la vieja urbe medieval con una completa oferta de
servicios sociales, educativos, sanitarios y culturales que la sit�an entre las
ciudades con mayor nivel de bienestar de Europa. El fuerte crecimiento
demogr�fico y econ�mico de Pamplona y su comarca en las �ltimas d�cadas han
transformado el paisaje de esta zona de Navarra. Su privilegiada situaci�n ha
propiciado la transformaci�n de la ciudad en los �ltimos decenios, hasta
convertirla en un din�mico centro industrial y de servicios, e importante nudo
de comunicaciones entre Europa y el Valle del Ebro.
Muestra un crecimiento
contenido y crece en sinton�a con unas pautas urban�sticas ejemplares.
Pamplona es una ciudad abierta y acogedora, preocupada
por un crecimiento ordenado. El calificativo de ciudad verde est� ligado a la
preocupaci�n por la conservaci�n de los antiguos parques y jardines heredados de
la vieja ciudad fortificada -como La Taconera, Tejer�a, La Vuelta del Castillo o
los jardines de La Media Luna- y a la creaci�n de nuevos espacios de
esparcimiento y ocio -entre los que destacan el campus de la Universidad de
Navarra, los parques de La Biurdana, El Mundo y Yamaguchi, o los m�s recientes
de Mendillorri, Mendebaldea y el Parque Fluvial del Arga-.
Pamplona est� hermanada con las ciudades de Bayona (Francia), Paderborn (Alemania) y Yamaguchi (Jap�n). Con la ciudad colombiana de Pamplona, fundada por el navarro del Valle de Bazt�n Pedro de Urs�a en 1547, existen tambi�n acuerdos de jumelaje.
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