LA HISTORIA  DE  PAMPLONA-IRUÑA

LOS ALBORES

    El núcleo primitivo de la ciudad de Pamplona se remonta al primer milenio a.C., cuando era una aldea habitada por vascones, de nombre Uruna o Iruna, emplazada en la parte más alta de una terraza sobre el río Arga, en un emplazamiento estratégico.   Aunque está considerada como punto importante en el primitivo trazado viario de la Península Ibérica e inevitable lugar de paso para las primeras migraciones indoeuropeas, los historiadores creen que el núcleo primitivo pudo ser utilizado como escala por los celtas. Desde sus orígenes Pamplona muestra una decidida voluntad de ejercer su hegemonía sobre el territorio circundante.


ÉPOCA ROMANA Y VISIGODA

     La romanización echa raíces en el siglo I antes de Cristo, cuando la ciudad romana se instala sobre el primitivo poblado vascón. Está fuera de dudas que en el invierno de los años 75 a 74 a. C. sirvió de campamento al general romano Cneo Pompeyo, durante su campaña contra Sertorio, al que se considera por ello fundador de "Pompaelo" , Pompailon, Pompeiopolis, del que deriva Pamplona, "la ciudad de Pompeyo" a partir de un poblado vascón autóctono.  Los primeros historiadores romanos, cuentan la gran dificultad que tenían los generales de Roma en conquistar estas tierras.
     La cristianización del territorio y la presencia cultural de Roma propiciarán la consolidación de Pamplona como capital política y religiosa.  Pamplona ( Iruña ) se construyó  con la intención de dominar las comunicaciones entre  
el Cantábrico, el  río Ebro y los Pirineos por parte de los romanos, sirviendo  de enlace entre la Península y el resto del Imperio a través de la Galia.   Pompaelo crece hasta convertirse en un auténtico municipio romano, con foro y termas, que alcanza su máximo esplendor en el siglo II. Excavaciones en torno a la catedral han puesto de manifiesto la existencia de una ciudad desarrollada y dotada de servicios. El Museo de Navarra guarda testimonios de este momento crucial, cuando el primitivo poblado de vascones entró en la Historia de la mano de la civilización romana.
   
La ciudad conoció hacia el 275 las primeras incursiones germánicas, a las que en el 409 se sumaron las invasiones de suevos, vándalos y alanos. Queda constancia de la toma de la ciudad por los visigodos en el año 472, en la pluma de San Isidoro, y en la de San Gregorio de Tours, de las sucesivas conquistas de Childeberto I (511) y Clotario I (561). Navarra en general, y de manera especial Pamplona, en los siglos VI y VII fueron un constante objetivo militar para la monarquía visigoda, que trató de controlar, con escaso éxito, el territorio. Sin embargo convendrá precisar que esta empresa tuvo un interés secundario, dado que tenía lugar en un escenario alejado, remoto, para los monarcas visigodos. Wamba restaura sus murallas en el siglo VII, y es posible que en el 711, momento de la invasión islámica, el rey Rodrigo se encuentre en campaña militar frente a estos muros.


ALTA EDAD MEDIA

    Las tropas musulmanas llegaron temprano a Pamplona, en el año 714, aunque su presencia fue efímera, ya que prefirieron arraigar en la Ribera, particularmente en la comarca de Tudela, donde los musulmanes permanecieron durante 400 años, concretamente hasta 1119. Después de la Conquista, Pamplona se somete a los musulmanes mediante pactos entre éstos y los jefes nativos. Y es lugar de flujo y reflujo en los sucesivos intentos de árabes y francos por romper el equilibrio establecido a ambos lados de los Pirineos. Desde el siglo VIII,   el poder musulmán,   a cambio de tributos, permite a la nobleza local conservar la religión cristiana y gozar de cierta libertad de acción.

  
 Carlomagno, dentro de su política de expansión territorial, a la vuelta de una expedición a la Zaragoza musulmana, ocupó Pamplona y destruyó sus murallas en el año 778. Inmediatamente después, en Roncesvalles, cuando estaba a punto de abandonar la tierra de los vascones, sufrió una clamorosa derrota que inspiró la Chanson de Roland y que frustró su proyecto de constituir una zona de influencia carolingia en el valle del Ebro, similar a la Marca Hispánica de Cataluña. Tres años más tarde, Abd al-Rahman I reocupa la ciudad.

     Tras los episodios visigodos, musulmanes y carolingios, en la segunda mitad del siglo IX la ciudad se afianza en el emergente núcleo cristiano, que al igual que en Aragón y Asturias, se configura como elemento de oposición frente al Islam instalado en el territorio de la monarquía visigoda, cuando la familia vascona de los Íñigo dio a Pamplona su primer caudillo, Íñigo Arista.
    La dinastía Jimena, en el siglo X, vertebra este movimiento social y político y da lugar al Reino de Pamplona, así llamado originariamente y que así se llamará en los dos siglos siguientes, hasta que en 1164 se tomó el título de Reino de Navarra. Sancho Garcés I que reinó entre los años 905 al 925, se comprometía a acatar los Fueros, códigos de leyes que garantizaban el cumplimiento de los derechos de los navarros.   Con este cambio de denominación se pretendía subrayar la soberanía del territorio, del conjunto de Navarra, y marcar distancias frente a la corona de Castilla, a la que en algún momento los monarcas navarros habían prestado vasallaje.  Para sobrevivir ante los reinos de Castilla y Aragón,    los reyes de Navarra se pusieron  bajo vasallaje de los reyes de Francia e incluso las ultimas dinastías reales navarras ( los Thibault o Teobaldos, los Champagne, los Albret o Labrit ) eran de origen francés.


PAMPLONA MEDIEVAL, CAPITAL DEL REINO

    En la Pamplona medieval predomina la autoridad del obispo, en tanto que el monarca tiene una corte itinerante, como es habitual en esta época. Pamplona se reducía entonces a una pequeña aldea campesina, denominada también Iruña y más tarde Navarrería, heredera histórica de la ciudad romana, habitada por labradores dependientes del obispo y sometida al dominio temporal del obispo. De hecho durante más de 300 años, de finales del siglo X hasta 1323, permanecerá bajo la autoridad del obispo. Mientras tanto, el rey vive a compás de las coyunturas militares y políticas, y establece su corte itinerante en otras poblaciones del reino antes que en Pamplona, donde aunque también tiene palacio no se encuentra cómodo, pues su jurisdicción puede entrar en colisión con la episcopal.

    La Pamplona medieval no es una, sino tres. La política repobladora de los monarcas pamploneses que inicia Sancho Ramírez (1076), dinamizada por el auge espectacular del Camino de Santiago, motiva el surgimiento de nuevos núcleos urbanos junto a la ciudad originaria. Aquí existen, a veces a duras penas, tres núcleos urbanos diferenciados jurídica y socialmente. Cada uno de ellos tiene sus propias autoridades municipales, sus ordenanzas y sus murallas.
    El primitivo poblado vascón, tradicionalmente llamado Iruña, después romanizado, alberga a los navarros, a los pobladores autóctonos; es el barrio de la Navarrería.
    En el burgo de San Cernin —San Saturnino, en castellano— impulsado por la corona en los años 1090-1100, se ha establecido el influyente grupo de francos, burgueses, comerciantes, en buena parte procedentes de Francia de donde han traído su lengua y sus devociones —San Cernin se venera en Toulouse—a los que Alfonso I el Batallador le extendió el fuero de Jaca en 1129.
     La población de San Nicolás constituye el tercer núcleo urbano de Pamplona, con una sociedad más heterogénea en su procedencia y condición social, -navarros y francos-, que actuará como fermento de la futura Pamplona favorecido también con el mismo privilegio.

   Estas dos nuevas poblaciones se apresuran a levantar sus iglesias parroquiales y sus recintos amurallados para dejar patente su autonomía respecto al cabildo catedralicio.  La trama urbana se completaba con otros núcleos menores: el pequeño burgo de San Miguel y la aljama judía junto a la Navarrería y la "Pobla Nova del Mercat', de labradores, sobre tierras del mercado del burgo de San Cernin.
    Cu
ando en 1189 Sancho el Sabio favorece al núcleo de la Navarrería con un privilegio real que la fortifica y la repuebla, se inicia una sucesión de enfrentamientos y rencillas entre los tres burgos que dura tres siglos  debido a las diferencias de origen de sus habitantes, privilegios y dependencia real o eclesial.

    La división en barrios o burgos se mantendrá a lo largo de los siglos XIII y XIV, con su secuela de conflictos y violencia que frena el desarrollo de la ciudad. Orígenes, intereses y ocupaciones a menudo divergentes alimentaron frecuentes rencillas entre los tres burgos principales. La tensión alcanza su mayor intensidad en 1276, cuando al calor de la crisis política suscitada por la llegada de una dinastía extranjera al trono navarro, los Capetos, reyes de Francia, las tropas francesas asaltan el barrio de la Navarrería, matan a sus habitantes y arrasan las propiedades. El obispo, que ha padecido con especial virulencia el saqueo, pierde su tradicional hegemonía sobre la ciudad, que pasará definitivamente bajo control del monarca.

    Navarra  da un paso decisivo hacia el futuro, bajo la dinastía de la casa de Champaña y con los reinados de Teobaldo I, Teobaldo II y Enrique I como protagonistas. Poco a poco se van dejando atrás las viejas formas y estructuras, dando paso a otras más acordes con la modernidad de la época, tanto en apartados económicos como sociales, apostando por aires europeístas en su proyección exterior y en distintas reformas administrativas, que marcan el comienzo de una nueva era que, los historiadores, engloban hasta la muerte de Enrique I en 1274.

    La llegada de la casa de Evreux al trono de Navarra en 1328 abre una época de consolidación política y de desarrollo económico y cultural. Sin embargo, la situación de casi continua guerra civil entre los burgos de la que no se libra, tampoco, la rica judería, persiste hasta el 8 de septiembre de 1423, fecha en que Carlos III, EL NOBLE, rey de Navarra, promulga el Privilegio de la Unión, fuero municipal que integra a las tres poblaciones  bajo una sola autoridad municipal y bajo el mismo escudo heráldico  y que va a durar hasta la implantación del nuevo régimen en 1836. Supone la fusión perpetua de "la ciudad", "el burgo'' y "la población" en un solo municipio con alcalde, justicia y jurados comunes.   La ciudad calificada a partir de ese momento de 'muy noble', dispondría así en adelante de un emblema definitorio: el blasón con león rampante sobre campo de azur y la corona símbolo del juramento de los reyes en la Catedral. Al fin la ciudad supera sus enfrentamientos fratricidas e inicia un periodo de desarrollo del que da testimonio el conjunto arquitectónico de la Catedral, en el que destacan el claustro del gótico final y el soberbio sepulcro, esculpido por artistas borgoñones, en el que reposan Carlos III el Noble y su esposa.



LA ANEXIÓN DEL REINO DE NAVARRA A CASTILLA

    Tras la muerte de Carlos III en el año 1425, Navarra se vió sumida en una profunda crisis institucional. La crisis política que sacude Navarra durante el siglo XV, condensada en la guerra civil que encarnizadamente mantienen agramonteses y beaumonteses, incide directamente en la capital del Reino. Esta coyuntura de extrema debilidad y de caos social es aprovechada por Castilla para invadir Navarra y poner sitio a la capital. Al rendirse Pamplona en 1512 se rinde el Reino; y sus reyes —Juan de Albret y Catalina de Foix— se han de refugiar en sus señoríos del otro lado de los Pirineos, en territorio francés, donde suspirarán y conspirarán por una restauración que no llegará. Lo intentaron más de una vez, la última en 1521, cuando pusieron cerco a Pamplona. Aquí, al servicio del virrey castellano, combatía Ignacio de Loyola que resultará herido en el lugar donde hoy se levanta una capilla en su honor, cerca del Palacio de Navarra. A partir de este revés el noble guipuzcoano cambiará su vida, dejará las armas y creará un ejército espiritual, la Compañía de Jesús. Inmediatamente se le unirá Francisco de Javier, un noble navarro, estudiante en la Universidad de París, cuya familia paradójicamente había militado al lado de los reyes navarros del exilio y, por consiguiente, frente al bando en el que había luchado Ignacio de Loyola.

   Navarra quedó incorporada a la Corona de Castilla como reino con instituciones, leyes y fueros propios (Cortes de Burgos, 1515). Admitiendo que Navarra era un reino diferenciado de las demás monarquías españolas en cuanto a su territorio, jurisdicción y gobierno. Conservó su independencia económica (aduanas y capacidad para acuñar moneda). El donativo era un impuesto que Navarra debía aportar, previa aprobación de sus Cortes, a la hacienda estatal. 


PAMPLONA, CIUDAD FRONTERIZA

      Tras la conquista de Castilla, la capital del Reino adquiere un nuevo valor estratégico como plaza fortificada frente a la permanente amenaza de invasión del monarca francés, el entonces enemigo pertinaz de la corona castellana. Se decidió centrar la defensa del territorio en Pamplona y dotar a la ciudad de castillos y murallas, capaces de resistir cualquier asedio que va a conocer una intensa actividad fortificadora  a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII con el propósito de convertir la ciudad en un bastión infranqueable frente al temido ataque del otro lado de la frontera pirenaica.  
 
    Ya Fernando el Católico ordenó construir un gran castillo en 1514   pero de este castillo no quedan restos aunque se localizaba donde hoy están los jardines de la Diputación y el comienzo de la calle San Ignacio, en recuerdo del santo herido en su defensa en 1521. Las obras comenzaron en 1514 y prácticamente en 1530 estaba concluido. Fue un castillo de altos muros de sillería rodeados de foso, pero de diseño y planta- un cubo de cuatro sobresalientes torreones circulares en los ángulos- que pronto resultaron obsoletos.

    La construcción del Castillo de Fernando el Católico dio lugar a que el Castillo Viejo, en desuso, se habilitara como cárcel y posteriormente, en 1540, se demoliera dejando un espacio libre que posibilitó la actual Plaza del Castillo. La plaza se configuró en 1545 al estilo de las de la Edad Moderna: plaza rectangular, bordeada de edificios con arcadas o porches en planta baja, y utilizada para uso público.

    Con los HABSBURGO, la monarquía hispana disputó su posición de primera potencia europea frente a Francia, y en esas circunstancias Navarra se hallaba a la vanguardia frente al enemigo.  Desde entonces las obras de fortificación fueron continuas, con la construcción de portales, lienzos, defensas, etc.  y por encargo de Felipe II la construcción de una CIUDADELA  que sustituyera al CASTILLO de Fernando el Católico que a su vez había sustituido al castillo  “Viejo”. Con el advenimiento de la artillería, las ciudades fortaleza eran vulnerables, por lo que se requería, aparte de un ejercito profesional, fortalezas alejadas de las ciudades, establecimiento de bastiones en vez de muros, y colocación de entrantes y salientes para mejor batir al enemigo. 

    La construcción sigue el diseño de la más avanzada arquitectura militar renacentista. Se iniciaron las obras en 1571, bajo la intervención del virrey Vespasiano Gonzaga y según los planos del ingeniero militar italiano Giacomo Palear, apodado “el Fratin” según los modelos de Amberes y Turín, conforme a la escuela italiana de Pacciotto de Urbino. Se trataba de levantar una fortificación en forma de estrella de cinco puntas, con cinco baluartes, emplazada en el extremo suroccidental de la ciudad, que era el más expuesto.

 

    Pero Pamplona no se agotará en esta función militar y desarrollará su vocación de capitalidad política y espiritual. Aquí se congregarán las instituciones políticas, entre las que ocupará el primer lugar el Virrey, al cual actúan el Consejo de Navarra, suprema instancia judicial del Reino; la Cámara de Comptos, que ejerce de tribunal de cuentas; y la Diputación del Reino, con funciones ejecutivas emanadas de las Cortes de Navarra. Las Cortes se reunirán con frecuencia en la capital del Reino a lo largo de su dilatada existencia, que  se prolongará hasta 1828.

    Dos hechos contribuyeron en el siglo XVIII al mantenimiento de la peculiar situación navarra en el conjunto de la nación: El primero fue el poyo a los BORBONES en la Guerra de Sucesión a la Corona Española y Felipe V no aplicó a Navarra los Decretos de Nueva Planta, que derogaron las peculiaridades administrativas de Aragón, Cataluña  o Valencia, dado que fue su aliada en dicha guerra.  El segundo responde al donativo como pacto o contrato entre el rey y el reino, vinculado al funcionamiento de las Cortes como asamblea legislativa: no se aprobaba el donativo hasta que no se resolvieran los pleitos pendientes del reino con el rey y no se publicasen las leyes correspondientes.

    En el siglo XVIII con el afrancesamiento y la  ilustración  se llevó a cabo una gran labor de renovación y de embellecimiento de la ciudad,  y que coincidió con una época económicamente muy boyante. Muchos navarros enriquecidos en la Corte o en América levantaron edificaciones representativas como la primera Casa de Misericordia (1706), la Casa Consistorial (1752), el palacio arzobispal, (1732-1736),el seminario de San Juan Bautista y los palacios de Goyeneche, el del Conde de Ezpeleta, del Conde de Guendulain, de los Navarro-Tafalla y el del Marques de Rozalejo,  las capillas de San Fermín (1717)en la iglesia de San Lorenzo y de la Virgen del Camino en la de San Saturnino (1776), además  de la edificación de la fachada neoclásica de la Catedral (1783), y el de la modernización urbana con servicios tales como las cloacas y la red de alcantarillado (1772), empedrado y el alumbrado publico de las calles con farolas de candilejas(1799). También se aprobaron nuevas Ordenanzas que favorecieron la renovación de parte del caserío, con viviendas de varias alturas sobre las estrechas parcelas medievales. Entre 1783 y 1798 se acometieron las obras para la provisión de aguas a la ciudad desde el manantial de Subiza, situado en la falda de la sierra del Perdón, proyecto que requirió la construcción del acueducto de Noain y de cinco fuentes monumentales en la ciudad, obra de Luis Paret.
   
 En el s. XVIII la Ciudadela se convirtió en prisión de hombres ilustres, como el conde de Floridablanca, el marqués de Leganés o el ministro Urquijo.
 


LA PAMPLONA  CONTEMPORÁNEA
  
 El XIX es un siglo infausto. El XIX fue un siglo de guerras -Independencia, Realistas, Carlistas-, pero la ciudad de Pamplona siguió evolucionando. La ciudad no escapó a los conflictos armados que se sucedieron en el siglo XIX. Comienza con la Invasión Francesa, 1808. As
í, las tropas francesas que en 1808 habían tomado por sorpresa la Ciudadela (aproximándose mientras jugaban con bolas de nieve), permanecieron en Pamplona hasta 1813. Después vendrían el asedio de las tropas realistas  de los 'Cien mil hijos de San Luis', que sitian y bombardean la ciudad en 1823. contra la guarnición liberal pamplonesa (1823). Sigue con la sublevación de O'Donell en 1841.Y, además, y sobre todo, vive el intenso y repetido estremecimiento de las Guerras Carlistas (entre 1833 y 1877) en las que Pamplona y todo el reino de Navarra están profunda y epidérmicamente implicadas y   en las que la capital se alineara con la monarquía isabelina frente a la Navarra rural, partidaria del pretendiente don Carlos.

    La desamortización de los bienes eclesiásticos (1836) supone el derribo de algunos conventos de religiosos como el de Carmelitas, sobre el que se levantará el Palacio de Navarra (1843) sede de las instituciones forales y el Teatro Principal (1841) hoy trasladado a la avenida de Carlos III: supone también la transformación del convento de Santo Domingo en Hospital Militar y del de San Francisco en escuela. En 1860 la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte inauguraba la estación de ferrocarril de vía ancha de Pamplona, extramuros, junto a la que nacería el barrio de La Estación. El siglo concluye con el desbordamiento demográfico del perímetro de la antigua población y la consecuente creación del primer ensanche (1888) que aportará al patrimonio urbano ciertos edificios en la línea de la estética modernista.



DE REINO A PROVINCIA
El reinado de Isabel II  supone el fin de Navarra como reino dentro de la monarquía española. El triunfo final del liberalismo sobre la causa absolutista supuso la transformación del territorio en una provincia dotada de ciertas peculiaridades pero despojada del sistema institucional que se había forjado en la edad media. En 1841, la LEY DE FUEROS DE NAVARRA llamada también    LEY PACCIONADA regula la situación política de Navarra y creó un sistema específico con privilegios fundamentalmente fiscales que siguieron marcando una cierta singularidad. Con todo, el peso del tradicionalismo y la confrontación más o menos permanente con el gobierno central por la interpretación y la aplicación de ese acuerdo señalaron los hitos más importantes de la política navarra durante el resto de la centuria.

 Durante el sexenio revolucionario revolucionarios y carlistas se apresuraron a proclamar su apoyo a la reintegración foral y comenzaron las revueltas, Carlos VII se instaló en Estella pero las ciudades se resistían y Pamplona sufrió un asedio a comienzos de 1875 pero  pudo defenderse de los carlistas hasta la llegada de tropas enviadas por Alfonso XII que reinstauraba la monarquía de los Borbones.

La España de la Restauración Monárquica estuvo marcada por la alternancia en el gobierno  de los dos grandes partidos, el conservador y el liberal y la corrupción política para manipular las elecciones en beneficio de uno y otro. Entre los conservadores militaban miembros de la aristocracia y alta burguesía, mientras que los liberales eran menos influyentes.   En este tiempo empieza a desarrollarse un movimiento político, el "FUERISMO", promovido por intelectuales como Juan Iturralde y Suit o Arturo Campión que pretendían la conservación y el empuje de la lengua y la cultura vascas, pero también la defensa del régimen foral y su reintegración. El mayor encontronazo se produjo en 1893, cuando el ministro de Hacienda Germán Gamazo, proyectó acabar con la autonomía fiscal navarra e imponer el régimen común del resto de España. Diputación, representantes en Cortes, ayuntamientos e incluso la prensa se movilizaron contra el Gobierno central, se recogieron firmas de protesta entre los ciudadanos y se organizaron manifestaciones. En conmemoración de este suceso, LA GAMAZADA, se levantó en Pamplona el MONUMENTO A LOS FUEROS.

   .El siglo XX ha sido uno de los más convulsos y conflictivos de la historia navarra, en consonancia con el discurrir de la política española y europea. La centuria se iniciaba con una región conservadora, dominada por el carlismo. El reinado de Alfonso XIII fue muy conflictivo  y la cuestión foral y la considerable presencia del carlismo enfrentó a los sucesivos gobiernos.

Con Alfonso XIII recién nombrado rey, Cuba perdida cuatro años atrás y la vida política de la Restauración a punto de agotarse, nacía en la capital navarra un nuevo periódico, Diario de Navarra. Los primeros meses de 1903 vieron cómo llegaba a buen fin la idea de crear un periódico independiente y empresarialmente moderno en Navarra. En febrero de 1903, Pamplona rondaba los 30.000 habitantes, el teléfono era un invento recién estrenado y acababan de debutar los autobuses a vapor. Era una ciudad encerrada en sus murallas con el Monumento a los Fueros del Paseo Valencia todavía en obras. La población vivirá constreñida, reducida a un espacio cada vez más angosto que le impedirá afrontar los retos de una sociedad que comienza a abandonar las formas de vida y de trabajo del Antiguo Régimen. Así surgió  en 1888, el Primer Ensanche,  en torno a la Ciudadela y el Segundo Ensanche,  en 1905,  para permitir el crecimiento ordenado hacia el Sur. 

El carlismo,  permaneció dividido en varios sectores hasta la proclamación de la República en 1931. En Navarra se implantó el partido nacionalista vasco, fundado por Sabino Arana y también el Partido Socialista Obrero Español. Durante la Dictadura de Primo de Rivera, el principal motivo de discusión de estos años fue la administración municipal.

    Con la II República , las tensiones políticas y sociales se agudizan, pero los grupos conservadores mantienen un peso político y social siempre mayoritario. El estallido de la guerra, en el que algunos líderes militares y civiles navarros fueron protagonistas, situará a la región en el lado de los vencedores desde el primer momento  a pesar de la presencia de una minoría de izquierdas que fue duramente castigada.

    Navarra fue una de las regiones donde triunfó el Golpe de Estado gracias al acuerdo  que el General MOLA  realizó con los  REQUETÉS, pocos días antes del  18 de Julio de 1936.  Por este motivo el General Franco aceptó la situación  foral que había en  Navarra a partir de la Ley Paccionada   de 1841. En la primera visita que realizó a Navarra en Nov. de 1937, concedió la Cruz Laureada de San Fernando que figuró en el escudo oficial hasta la llegada de la Democracia. En Dic. de 1952  volvió para inaugurar el Pantano de Yesa, el Monumento “ de los Caídos en la Cruzada” y las casas  del Patronato “Francisco Franco”,  en  la Chantrea, construidas  para  obreros  en los inicios del  desarrollo económico. En los carteles de bienvenida al escudo del Yugo y las Flechas, propio de la Falange, superpusieron la Cruz  de San Andrés, símbolo de que el Carlismo sequía siendo la principal fuerza política en Navarra.

    La década de los 60 y 70  supusieron una rápida industrialización y modernización de las estructuras económicas y Navarra se convirtió en una de las regiones más conflictivas socialmente frente al régimen de Franco. La creación del polígono industrial de Landaben, dentro del Plan de Promoción Industrial propiciado en 1964 por la Diputación Foral, impulsó definitivamente la actividad industrial de Pamplona y propició un profundo y generalizado cambio en las mentalidades y en las condiciones de vida. La Pamplona tradicional, pequeña, artesana y rural, se transformó en una sociedad viva, que impulsó las reivindicaciones sociales y políticas.  La transición política del franquismo a la democracia se vivió en la capital navarra con particular intensidad, primero en el plano sindical y después, de manera generalizada, en el político y cultural.

    El proceso culminó con la democratización del sistema político y la reforma del régimen foral navarro. L
a calidad de vida de los pamploneses experimenta una progresión paralela a la urbanística.  A partir de entonces la población rebosa las estructuras urbanísticas y se expande hacia los barrios periféricos. Se inicia el tercer ensanche y con él una alteración de la imagen anterior de Pamplona que adquiere una nueva fisonomía organizada alrededor de un amplio cinturón de parques y zonas verdes.

    La Pamplona de hoy se presenta al visitante como una ciudad dinámica, de tamaño medio y equilibrada que combina el legado histórico de la vieja urbe medieval con una completa oferta de servicios sociales, educativos, sanitarios y culturales que la sitúan entre las ciudades con mayor nivel de bienestar de Europa. El fuerte crecimiento demográfico y económico de Pamplona y su comarca en las últimas décadas han transformado el paisaje de esta zona de Navarra. Su privilegiada situación ha propiciado la transformación de la ciudad en los últimos decenios, hasta convertirla en un dinámico centro industrial y de servicios, e importante nudo de comunicaciones entre Europa y el Valle del Ebro. Muestra un crecimiento contenido y crece en sintonía con unas pautas urbanísticas ejemplares.

     Pamplona es una ciudad abierta y acogedora, preocupada por un crecimiento ordenado. El calificativo de ciudad verde está ligado a la preocupación por la conservación de los antiguos parques y jardines heredados de la vieja ciudad fortificada -como La Taconera, Tejería, La Vuelta del Castillo o los jardines de La Media Luna- y a la creación de nuevos espacios de esparcimiento y ocio -entre los que destacan el campus de la Universidad de Navarra, los parques de La Biurdana, El Mundo y Yamaguchi, o los más recientes de Mendillorri, Mendebaldea y el Parque Fluvial del Arga-.

    Pamplona está hermanada con las ciudades de Bayona (Francia), Paderborn (Alemania) y Yamaguchi (Japón). Con la ciudad colombiana de Pamplona, fundada por el navarro del Valle de Baztán Pedro de Ursúa en 1547, existen también acuerdos de jumelaje.


Escudo, bandera e himno

 El escudo, la bandera y el himno de Navarra constituyen los símbolos oficiales de la Comunidad Foral. Los dos primeros están definidos en la LORAFNA. La Ley Foral 7/1986, de 28 de mayo, aprobada por el Parlamento de Navarra establece el himno oficial y regula la utilización de todos los símbolos de Navarra.

Escudo

La Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra (LORAFNA), de 10 de agosto de 1982, establece en su artículo 7.1:

"El escudo de Navarra está formado por cadenas de oro sobre fondo rojo, con una esmeralda en el centro de unión de sus ocho brazos de eslabones y, sobre ellas, la corona real, símbolo del Antiguo Reino de Navarra".

Esta descripción corresponde al escudo histórico de Navarra -cadena de oro sobre fondo de gules- que tiene su origen en el escudo de armas que el rey navarro Sancho VII el Fuerte adoptó como propio en 1212, tras la victoria de los reyes cristianos de Navarra, Castilla y León, contra las tropas musulmanas, sucedida en las Navas de Tolosa (actual provincia de Jaén), dentro de la reconquista de la península. Las cadenas representan a las que rodeaban la tienda del rey moro Miramamolín el Verde y que Sancho el Fuerte rompió con su propia espada. Y la esmeralda central representa la que el rey moro vencido llevaba sobre su turbante.

Este símbolo heráldico personal de Sancho el Fuerte sustituyó al que el mismo rey utilizó hasta entonces, que era un águila negra. El escudo del rey paso a ser considerado más tarde escudo del reino y se representa, a lo largo de los siglos de distintas maneras -cadenas, barras, esferillas-. En 1910 la Diputación Foral aprueba un diseño como modelo oficial de escudo.

En 1931, con el advenimiento de la Segunda República Española, la corona real del escudo es sustituida por una corona mural, que asemeja un castillo o fortaleza. En 1937 se recupera la corona real. Y en este mismo año el escudo oficial incorpora tras de sí la Cruz Laureada de San Fernando, condecoración militar otorgada por el General Franco a Navarra, por la participación en el levantamiento de 1936. En 1981, mediante una Norma del Parlamento de Navarra, el escudo vuelve a tener la forma tradicional, que meses después definiría con el máximo rango legal la LORAFNA.

 

Escudo de Navarra

El escudo de Navarra sobre la bandera.

 

Bandera

La LORAFNA establece en su artículo 7.2.: "La bandera de Navarra es de color rojo, con el escudo en el centro".

La bandera de Navarra viene usándose como símbolo de la Comunidad Foral desde 1910. En ese año, la Diputación Foral decidió sus características, adoptando el color rojo por ser éste el mismo del fondo del escudo oficial, y acordó izarla en el balcón del Palacio de Navarra en las festividades religiosas (San Fermín, San Francisco Javier, San Miguel y la Inmaculada Concepción, así como el 16 de julio, aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, y en otras fechas destacadas).

Desde la aprobación de la LORAFNA, en 1982, las banderas oficiales ondean permanentemente en las fachadas del Palacio de Navarra, al igual que en otros edificios oficiales. La Ley Foral de Símbolos de Navarra establece que la bandera deberá ondear en el exterior y ocupar lugar preferente en el interior de todos los edificios públicos civiles del ámbito de la Comunidad Foral, sin perjuicio de la preeminencia de la bandera de España.

La bandera de Navarra

La bandera de Navarra en la fachada de la Diputación.

 

Himno

La Ley Foral de Símbolos de Navarra establece como Himno de Navarra el "Himno de las Cortes", que debe su origen a la "Marcha para la entrada del Reino", pasaclaustro barroco que se interpretaba en el claustro de la Catedral de Pamplona al paso de las Cortes de Navarra, con motivo de la celebración de sus sesiones.

Esta marcha venía siendo interpretada desde el siglo pasado en las principales ceremonias oficiales y era considerada, de hecho, como el himno propio de Navarra, aunque no se le otorgó una oficialidad expresa hasta 1985, con la aprobación de esta Ley Foral.

El himno tiene los arreglos del compositor madrileño Valentín Ruiz, si bien el himno, sin embargo, no ha sido determinado legalmente, pese a que el sentir general ha venido considerando como tal el «Himno de las Cortes» que debe su origen a la «Marcha para la entrada del Reyno», obra compuesta en el siglo XVIII y que se interpretaba en el Claustro de la Catedral de Pamplona para acompañar la inauguración de las sesiones de las Cortes camino de la Sala de la Preciosa para la celebración de sus sesiones.

La Ley Foral (7/1986) declara como himno de Navarra el «Himno de las Cortes».    


  La letra del himno,   compuesta en 1971 por Manuel Iribarren, 
es la siguiente en su versión en castellano:

Por Navarra,
tierra brava y noble,
siempre fiel,
que tiene por blasón
la vieja Ley tradicional.

Por Navarra,
pueblo de alma libre,
proclamemos juntos
nuestro afán universal.

En cordial unión,
con leal tesón,
trabajemos y hermandados
todos lograremos
honra, amor y paz.
 

Partitura del Himno de Navarra

Partitura del Himno de Navarra.


 


La letra del himno, en su versión en euskera, traducida  por  José Mª Azpíroz, es como sigue:

Nafarroa, lut haundi
ta azkar beti leial,
zure ospea da
antzinako lege zarra.

Nafarroa, gizon
askatuen sorlekua,
zuri nahi dizugu,
gaur kanta.

Gaiten denok bat,
denok gogo bat.
Bein betiko
iritsi dezagun
aintza, pake eta maitasuna.


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