LA HISTORIA  DE  PAMPLONA-IRU�A

LOS ALBORES

    El n�cleo primitivo de la ciudad de Pamplona se remonta al primer milenio a.C., cuando era una aldea habitada por vascones, de nombre Uruna o Iruna, emplazada en la parte m�s alta de una terraza sobre el r�o Arga, en un emplazamiento estrat�gico.   Aunque est� considerada como punto importante en el primitivo trazado viario de la Pen�nsula Ib�rica e inevitable lugar de paso para las primeras migraciones indoeuropeas, los historiadores creen que el n�cleo primitivo pudo ser utilizado como escala por los celtas. Desde sus or�genes Pamplona muestra una decidida voluntad de ejercer su hegemon�a sobre el territorio circundante.


�POCA ROMANA Y VISIGODA

     La romanizaci�n echa ra�ces en el siglo I antes de Cristo, cuando la ciudad romana se instala sobre el primitivo poblado vasc�n. Est� fuera de dudas que en el invierno de los a�os 75 a 74 a. C. sirvi� de campamento al general romano Cneo Pompeyo, durante su campa�a contra Sertorio, al que se considera por ello fundador de "Pompaelo" , Pompailon, Pompeiopolis, del que deriva Pamplona, "la ciudad de Pompeyo" a partir de un poblado vasc�n aut�ctono.  Los primeros historiadores romanos, cuentan la gran dificultad que ten�an los generales de Roma en conquistar estas tierras.
     La cristianizaci�n del territorio y la presencia cultural de Roma propiciar�n la consolidaci�n de Pamplona como capital pol�tica y religiosa.  Pamplona ( Iru�a ) se construy�  con la intenci�n de dominar las comunicaciones entre  
el Cant�brico, el  r�o Ebro y los Pirineos por parte de los romanos, sirviendo  de enlace entre la Pen�nsula y el resto del Imperio a trav�s de la Galia.   Pompaelo crece hasta convertirse en un aut�ntico municipio romano, con foro y termas, que alcanza su m�ximo esplendor en el siglo II. Excavaciones en torno a la catedral han puesto de manifiesto la existencia de una ciudad desarrollada y dotada de servicios. El Museo de Navarra guarda testimonios de este momento crucial, cuando el primitivo poblado de vascones entr� en la Historia de la mano de la civilizaci�n romana.
   
La ciudad conoci� hacia el 275 las primeras incursiones germ�nicas, a las que en el 409 se sumaron las invasiones de suevos, v�ndalos y alanos. Queda constancia de la toma de la ciudad por los visigodos en el a�o 472, en la pluma de San Isidoro, y en la de San Gregorio de Tours, de las sucesivas conquistas de Childeberto I (511) y Clotario I (561). Navarra en general, y de manera especial Pamplona, en los siglos VI y VII fueron un constante objetivo militar para la monarqu�a visigoda, que trat� de controlar, con escaso �xito, el territorio. Sin embargo convendr� precisar que esta empresa tuvo un inter�s secundario, dado que ten�a lugar en un escenario alejado, remoto, para los monarcas visigodos. Wamba restaura sus murallas en el siglo VII, y es posible que en el 711, momento de la invasi�n isl�mica, el rey Rodrigo se encuentre en campa�a militar frente a estos muros.


ALTA EDAD MEDIA

    Las tropas musulmanas llegaron temprano a Pamplona, en el a�o 714, aunque su presencia fue ef�mera, ya que prefirieron arraigar en la Ribera, particularmente en la comarca de Tudela, donde los musulmanes permanecieron durante 400 a�os, concretamente hasta 1119. Despu�s de la Conquista, Pamplona se somete a los musulmanes mediante pactos entre �stos y los jefes nativos. Y es lugar de flujo y reflujo en los sucesivos intentos de �rabes y francos por romper el equilibrio establecido a ambos lados de los Pirineos. Desde el siglo VIII,   el poder musulm�n,   a cambio de tributos, permite a la nobleza local conservar la religi�n cristiana y gozar de cierta libertad de acci�n.

  
 Carlomagno, dentro de su pol�tica de expansi�n territorial, a la vuelta de una expedici�n a la Zaragoza musulmana, ocup� Pamplona y destruy� sus murallas en el a�o 778. Inmediatamente despu�s, en Roncesvalles, cuando estaba a punto de abandonar la tierra de los vascones, sufri� una clamorosa derrota que inspir� la Chanson de Roland y que frustr� su proyecto de constituir una zona de influencia carolingia en el valle del Ebro, similar a la Marca Hisp�nica de Catalu�a. Tres a�os m�s tarde, Abd al-Rahman I reocupa la ciudad.

     Tras los episodios visigodos, musulmanes y carolingios, en la segunda mitad del siglo IX la ciudad se afianza en el emergente n�cleo cristiano, que al igual que en Arag�n y Asturias, se configura como elemento de oposici�n frente al Islam instalado en el territorio de la monarqu�a visigoda, cuando la familia vascona de los ��igo dio a Pamplona su primer caudillo, ��igo Arista.
    La dinast�a Jimena, en el siglo X, vertebra este movimiento social y pol�tico y da lugar al Reino de Pamplona, as� llamado originariamente y que as� se llamar� en los dos siglos siguientes, hasta que en 1164 se tom� el t�tulo de Reino de Navarra. Sancho Garc�s I que rein� entre los a�os 905 al 925, se compromet�a a acatar los Fueros, c�digos de leyes que garantizaban el cumplimiento de los derechos de los navarros.   Con este cambio de denominaci�n se pretend�a subrayar la soberan�a del territorio, del conjunto de Navarra, y marcar distancias frente a la corona de Castilla, a la que en alg�n momento los monarcas navarros hab�an prestado vasallaje.  Para sobrevivir ante los reinos de Castilla y Arag�n,    los reyes de Navarra se pusieron  bajo vasallaje de los reyes de Francia e incluso las ultimas dinast�as reales navarras ( los Thibault o Teobaldos, los Champagne, los Albret o Labrit ) eran de origen franc�s.


PAMPLONA MEDIEVAL, CAPITAL DEL REINO

    En la Pamplona medieval predomina la autoridad del obispo, en tanto que el monarca tiene una corte itinerante, como es habitual en esta �poca. Pamplona se reduc�a entonces a una peque�a aldea campesina, denominada tambi�n Iru�a y m�s tarde Navarrer�a, heredera hist�rica de la ciudad romana, habitada por labradores dependientes del obispo y sometida al dominio temporal del obispo. De hecho durante m�s de 300 a�os, de finales del siglo X hasta 1323, permanecer� bajo la autoridad del obispo. Mientras tanto, el rey vive a comp�s de las coyunturas militares y pol�ticas, y establece su corte itinerante en otras poblaciones del reino antes que en Pamplona, donde aunque tambi�n tiene palacio no se encuentra c�modo, pues su jurisdicci�n puede entrar en colisi�n con la episcopal.

    La Pamplona medieval no es una, sino tres. La pol�tica repobladora de los monarcas pamploneses que inicia Sancho Ram�rez (1076), dinamizada por el auge espectacular del Camino de Santiago, motiva el surgimiento de nuevos n�cleos urbanos junto a la ciudad originaria. Aqu� existen, a veces a duras penas, tres n�cleos urbanos diferenciados jur�dica y socialmente. Cada uno de ellos tiene sus propias autoridades municipales, sus ordenanzas y sus murallas.
    El primitivo poblado vasc�n, tradicionalmente llamado Iru�a, despu�s romanizado, alberga a los navarros, a los pobladores aut�ctonos; es el barrio de la Navarrer�a.
    En el burgo de San Cernin �San Saturnino, en castellano� impulsado por la corona en los a�os 1090-1100, se ha establecido el influyente grupo de francos, burgueses, comerciantes, en buena parte procedentes de Francia de donde han tra�do su lengua y sus devociones �San Cernin se venera en Toulouse�a los que Alfonso I el Batallador le extendi� el fuero de Jaca en 1129.
     La poblaci�n de San Nicol�s constituye el tercer n�cleo urbano de Pamplona, con una sociedad m�s heterog�nea en su procedencia y condici�n social, -navarros y francos-, que actuar� como fermento de la futura Pamplona favorecido tambi�n con el mismo privilegio.

   Estas dos nuevas poblaciones se apresuran a levantar sus iglesias parroquiales y sus recintos amurallados para dejar patente su autonom�a respecto al cabildo catedralicio.  La trama urbana se completaba con otros n�cleos menores: el peque�o burgo de San Miguel y la aljama jud�a junto a la Navarrer�a y la "Pobla Nova del Mercat', de labradores, sobre tierras del mercado del burgo de San Cernin.
    Cu
ando en 1189 Sancho el Sabio favorece al n�cleo de la Navarrer�a con un privilegio real que la fortifica y la repuebla, se inicia una sucesi�n de enfrentamientos y rencillas entre los tres burgos que dura tres siglos  debido a las diferencias de origen de sus habitantes, privilegios y dependencia real o eclesial.

    La divisi�n en barrios o burgos se mantendr� a lo largo de los siglos XIII y XIV, con su secuela de conflictos y violencia que frena el desarrollo de la ciudad. Or�genes, intereses y ocupaciones a menudo divergentes alimentaron frecuentes rencillas entre los tres burgos principales. La tensi�n alcanza su mayor intensidad en 1276, cuando al calor de la crisis pol�tica suscitada por la llegada de una dinast�a extranjera al trono navarro, los Capetos, reyes de Francia, las tropas francesas asaltan el barrio de la Navarrer�a, matan a sus habitantes y arrasan las propiedades. El obispo, que ha padecido con especial virulencia el saqueo, pierde su tradicional hegemon�a sobre la ciudad, que pasar� definitivamente bajo control del monarca.

    Navarra  da un paso decisivo hacia el futuro, bajo la dinast�a de la casa de Champa�a y con los reinados de Teobaldo I, Teobaldo II y Enrique I como protagonistas. Poco a poco se van dejando atr�s las viejas formas y estructuras, dando paso a otras m�s acordes con la modernidad de la �poca, tanto en apartados econ�micos como sociales, apostando por aires europe�stas en su proyecci�n exterior y en distintas reformas administrativas, que marcan el comienzo de una nueva era que, los historiadores, engloban hasta la muerte de Enrique I en 1274.

    La llegada de la casa de Evreux al trono de Navarra en 1328 abre una �poca de consolidaci�n pol�tica y de desarrollo econ�mico y cultural. Sin embargo, la situaci�n de casi continua guerra civil entre los burgos de la que no se libra, tampoco, la rica juder�a, persiste hasta el 8 de septiembre de 1423, fecha en que Carlos III, EL NOBLE, rey de Navarra, promulga el Privilegio de la Uni�n, fuero municipal que integra a las tres poblaciones  bajo una sola autoridad municipal y bajo el mismo escudo her�ldico  y que va a durar hasta la implantaci�n del nuevo r�gimen en 1836. Supone la fusi�n perpetua de "la ciudad", "el burgo'' y "la poblaci�n" en un solo municipio con alcalde, justicia y jurados comunes.   La ciudad calificada a partir de ese momento de 'muy noble', dispondr�a as� en adelante de un emblema definitorio: el blas�n con le�n rampante sobre campo de azur y la corona s�mbolo del juramento de los reyes en la Catedral. Al fin la ciudad supera sus enfrentamientos fratricidas e inicia un periodo de desarrollo del que da testimonio el conjunto arquitect�nico de la Catedral, en el que destacan el claustro del g�tico final y el soberbio sepulcro, esculpido por artistas borgo�ones, en el que reposan Carlos III el Noble y su esposa.



LA ANEXI�N DEL REINO DE NAVARRA A CASTILLA

    Tras la muerte de Carlos III en el a�o 1425, Navarra se vi� sumida en una profunda crisis institucional. La crisis pol�tica que sacude Navarra durante el siglo XV, condensada en la guerra civil que encarnizadamente mantienen agramonteses y beaumonteses, incide directamente en la capital del Reino. Esta coyuntura de extrema debilidad y de caos social es aprovechada por Castilla para invadir Navarra y poner sitio a la capital. Al rendirse Pamplona en 1512 se rinde el Reino; y sus reyes �Juan de Albret y Catalina de Foix� se han de refugiar en sus se�or�os del otro lado de los Pirineos, en territorio franc�s, donde suspirar�n y conspirar�n por una restauraci�n que no llegar�. Lo intentaron m�s de una vez, la �ltima en 1521, cuando pusieron cerco a Pamplona. Aqu�, al servicio del virrey castellano, combat�a Ignacio de Loyola que resultar� herido en el lugar donde hoy se levanta una capilla en su honor, cerca del Palacio de Navarra. A partir de este rev�s el noble guipuzcoano cambiar� su vida, dejar� las armas y crear� un ej�rcito espiritual, la Compa��a de Jes�s. Inmediatamente se le unir� Francisco de Javier, un noble navarro, estudiante en la Universidad de Par�s, cuya familia parad�jicamente hab�a militado al lado de los reyes navarros del exilio y, por consiguiente, frente al bando en el que hab�a luchado Ignacio de Loyola.

   Navarra qued� incorporada a la Corona de Castilla como reino con instituciones, leyes y fueros propios (Cortes de Burgos, 1515). Admitiendo que Navarra era un reino diferenciado de las dem�s monarqu�as espa�olas en cuanto a su territorio, jurisdicci�n y gobierno. Conserv� su independencia econ�mica (aduanas y capacidad para acu�ar moneda). El donativo era un impuesto que Navarra deb�a aportar, previa aprobaci�n de sus Cortes, a la hacienda estatal. 


PAMPLONA, CIUDAD FRONTERIZA

      Tras la conquista de Castilla, la capital del Reino adquiere un nuevo valor estrat�gico como plaza fortificada frente a la permanente amenaza de invasi�n del monarca franc�s, el entonces enemigo pertinaz de la corona castellana. Se decidi� centrar la defensa del territorio en Pamplona y dotar a la ciudad de castillos y murallas, capaces de resistir cualquier asedio que va a conocer una intensa actividad fortificadora  a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII con el prop�sito de convertir la ciudad en un basti�n infranqueable frente al temido ataque del otro lado de la frontera pirenaica.  
 
    Ya Fernando el Cat�lico orden� construir un gran castillo en 1514   pero de este castillo no quedan restos aunque se localizaba donde hoy est�n los jardines de la Diputaci�n y el comienzo de la calle San Ignacio, en recuerdo del santo herido en su defensa en 1521. Las obras comenzaron en 1514 y pr�cticamente en 1530 estaba concluido. Fue un castillo de altos muros de siller�a rodeados de foso, pero de dise�o y planta- un cubo de cuatro sobresalientes torreones circulares en los �ngulos- que pronto resultaron obsoletos.

    La construcci�n del Castillo de Fernando el Cat�lico dio lugar a que el Castillo Viejo, en desuso, se habilitara como c�rcel y posteriormente, en 1540, se demoliera dejando un espacio libre que posibilit� la actual Plaza del Castillo. La plaza se configur� en 1545 al estilo de las de la Edad Moderna: plaza rectangular, bordeada de edificios con arcadas o porches en planta baja, y utilizada para uso p�blico.

    Con los HABSBURGO, la monarqu�a hispana disput� su posici�n de primera potencia europea frente a Francia, y en esas circunstancias Navarra se hallaba a la vanguardia frente al enemigo.  Desde entonces las obras de fortificaci�n fueron continuas, con la construcci�n de portales, lienzos, defensas, etc.  y por encargo de Felipe II la construcci�n de una CIUDADELA  que sustituyera al CASTILLO de Fernando el Cat�lico que a su vez hab�a sustituido al castillo  �Viejo�. Con el advenimiento de la artiller�a, las ciudades fortaleza eran vulnerables, por lo que se requer�a, aparte de un ejercito profesional, fortalezas alejadas de las ciudades, establecimiento de bastiones en vez de muros, y colocaci�n de entrantes y salientes para mejor batir al enemigo. 

    La construcci�n sigue el dise�o de la m�s avanzada arquitectura militar renacentista. Se iniciaron las obras en 1571, bajo la intervenci�n del virrey Vespasiano Gonzaga y seg�n los planos del ingeniero militar italiano Giacomo Palear, apodado �el Fratin� seg�n los modelos de Amberes y Tur�n, conforme a la escuela italiana de Pacciotto de Urbino. Se trataba de levantar una fortificaci�n en forma de estrella de cinco puntas, con cinco baluartes, emplazada en el extremo suroccidental de la ciudad, que era el m�s expuesto.

 

    Pero Pamplona no se agotar� en esta funci�n militar y desarrollar� su vocaci�n de capitalidad pol�tica y espiritual. Aqu� se congregar�n las instituciones pol�ticas, entre las que ocupar� el primer lugar el Virrey, al cual act�an el Consejo de Navarra, suprema instancia judicial del Reino; la C�mara de Comptos, que ejerce de tribunal de cuentas; y la Diputaci�n del Reino, con funciones ejecutivas emanadas de las Cortes de Navarra. Las Cortes se reunir�n con frecuencia en la capital del Reino a lo largo de su dilatada existencia, que  se prolongar� hasta 1828.

    Dos hechos contribuyeron en el siglo XVIII al mantenimiento de la peculiar situaci�n navarra en el conjunto de la naci�n: El primero fue el poyo a los BORBONES en la Guerra de Sucesi�n a la Corona Espa�ola y Felipe V no aplic� a Navarra los Decretos de Nueva Planta, que derogaron las peculiaridades administrativas de Arag�n, Catalu�a  o Valencia, dado que fue su aliada en dicha guerra.  El segundo responde al donativo como pacto o contrato entre el rey y el reino, vinculado al funcionamiento de las Cortes como asamblea legislativa: no se aprobaba el donativo hasta que no se resolvieran los pleitos pendientes del reino con el rey y no se publicasen las leyes correspondientes.

    En el siglo XVIII con el afrancesamiento y la  ilustraci�n  se llev� a cabo una gran labor de renovaci�n y de embellecimiento de la ciudad,  y que coincidi� con una �poca econ�micamente muy boyante. Muchos navarros enriquecidos en la Corte o en Am�rica levantaron edificaciones representativas como la primera Casa de Misericordia (1706), la Casa Consistorial (1752), el palacio arzobispal, (1732-1736),el seminario de San Juan Bautista y los palacios de Goyeneche, el del Conde de Ezpeleta, del Conde de Guendulain, de los Navarro-Tafalla y el del Marques de Rozalejo,  las capillas de San Ferm�n (1717)en la iglesia de San Lorenzo y de la Virgen del Camino en la de San Saturnino (1776), adem�s  de la edificaci�n de la fachada neocl�sica de la Catedral (1783), y el de la modernizaci�n urbana con servicios tales como las cloacas y la red de alcantarillado (1772), empedrado y el alumbrado publico de las calles con farolas de candilejas(1799). Tambi�n se aprobaron nuevas Ordenanzas que favorecieron la renovaci�n de parte del caser�o, con viviendas de varias alturas sobre las estrechas parcelas medievales. Entre 1783 y 1798 se acometieron las obras para la provisi�n de aguas a la ciudad desde el manantial de Subiza, situado en la falda de la sierra del Perd�n, proyecto que requiri� la construcci�n del acueducto de Noain y de cinco fuentes monumentales en la ciudad, obra de Luis Paret.
   
 En el s. XVIII la Ciudadela se convirti� en prisi�n de hombres ilustres, como el conde de Floridablanca, el marqu�s de Legan�s o el ministro Urquijo.
 


LA PAMPLONA  CONTEMPOR�NEA
  
 El XIX es un siglo infausto. El XIX fue un siglo de guerras -Independencia, Realistas, Carlistas-, pero la ciudad de Pamplona sigui� evolucionando. La ciudad no escap� a los conflictos armados que se sucedieron en el siglo XIX. Comienza con la Invasi�n Francesa, 1808. As
�, las tropas francesas que en 1808 hab�an tomado por sorpresa la Ciudadela (aproxim�ndose mientras jugaban con bolas de nieve), permanecieron en Pamplona hasta 1813. Despu�s vendr�an el asedio de las tropas realistas  de los 'Cien mil hijos de San Luis', que sitian y bombardean la ciudad en 1823. contra la guarnici�n liberal pamplonesa (1823). Sigue con la sublevaci�n de O'Donell en 1841.Y, adem�s, y sobre todo, vive el intenso y repetido estremecimiento de las Guerras Carlistas (entre 1833 y 1877) en las que Pamplona y todo el reino de Navarra est�n profunda y epid�rmicamente implicadas y   en las que la capital se alineara con la monarqu�a isabelina frente a la Navarra rural, partidaria del pretendiente don Carlos.

    La desamortizaci�n de los bienes eclesi�sticos (1836) supone el derribo de algunos conventos de religiosos como el de Carmelitas, sobre el que se levantar� el Palacio de Navarra (1843) sede de las instituciones forales y el Teatro Principal (1841) hoy trasladado a la avenida de Carlos III: supone tambi�n la transformaci�n del convento de Santo Domingo en Hospital Militar y del de San Francisco en escuela. En 1860 la Compa��a de los Caminos de Hierro del Norte inauguraba la estaci�n de ferrocarril de v�a ancha de Pamplona, extramuros, junto a la que nacer�a el barrio de La Estaci�n. El siglo concluye con el desbordamiento demogr�fico del per�metro de la antigua poblaci�n y la consecuente creaci�n del primer ensanche (1888) que aportar� al patrimonio urbano ciertos edificios en la l�nea de la est�tica modernista.



DE REINO A PROVINCIA
El reinado de Isabel II  supone el fin de Navarra como reino dentro de la monarqu�a espa�ola. El triunfo final del liberalismo sobre la causa absolutista supuso la transformaci�n del territorio en una provincia dotada de ciertas peculiaridades pero despojada del sistema institucional que se hab�a forjado en la edad media. En 1841, la LEY DE FUEROS DE NAVARRA llamada tambi�n    LEY PACCIONADA regula la situaci�n pol�tica de Navarra y cre� un sistema espec�fico con privilegios fundamentalmente fiscales que siguieron marcando una cierta singularidad. Con todo, el peso del tradicionalismo y la confrontaci�n m�s o menos permanente con el gobierno central por la interpretaci�n y la aplicaci�n de ese acuerdo se�alaron los hitos m�s importantes de la pol�tica navarra durante el resto de la centuria.

 Durante el sexenio revolucionario revolucionarios y carlistas se apresuraron a proclamar su apoyo a la reintegraci�n foral y comenzaron las revueltas, Carlos VII se instal� en Estella pero las ciudades se resist�an y Pamplona sufri� un asedio a comienzos de 1875 pero  pudo defenderse de los carlistas hasta la llegada de tropas enviadas por Alfonso XII que reinstauraba la monarqu�a de los Borbones.

La Espa�a de la Restauraci�n Mon�rquica estuvo marcada por la alternancia en el gobierno  de los dos grandes partidos, el conservador y el liberal y la corrupci�n pol�tica para manipular las elecciones en beneficio de uno y otro. Entre los conservadores militaban miembros de la aristocracia y alta burgues�a, mientras que los liberales eran menos influyentes.   En este tiempo empieza a desarrollarse un movimiento pol�tico, el "FUERISMO", promovido por intelectuales como Juan Iturralde y Suit o Arturo Campi�n que pretend�an la conservaci�n y el empuje de la lengua y la cultura vascas, pero tambi�n la defensa del r�gimen foral y su reintegraci�n. El mayor encontronazo se produjo en 1893, cuando el ministro de Hacienda Germ�n Gamazo, proyect� acabar con la autonom�a fiscal navarra e imponer el r�gimen com�n del resto de Espa�a. Diputaci�n, representantes en Cortes, ayuntamientos e incluso la prensa se movilizaron contra el Gobierno central, se recogieron firmas de protesta entre los ciudadanos y se organizaron manifestaciones. En conmemoraci�n de este suceso, LA GAMAZADA, se levant� en Pamplona el MONUMENTO A LOS FUEROS.

   .El siglo XX ha sido uno de los m�s convulsos y conflictivos de la historia navarra, en consonancia con el discurrir de la pol�tica espa�ola y europea. La centuria se iniciaba con una regi�n conservadora, dominada por el carlismo. El reinado de Alfonso XIII fue muy conflictivo  y la cuesti�n foral y la considerable presencia del carlismo enfrent� a los sucesivos gobiernos.

Con Alfonso XIII reci�n nombrado rey, Cuba perdida cuatro a�os atr�s y la vida pol�tica de la Restauraci�n a punto de agotarse, nac�a en la capital navarra un nuevo peri�dico, Diario de Navarra. Los primeros meses de 1903 vieron c�mo llegaba a buen fin la idea de crear un peri�dico independiente y empresarialmente moderno en Navarra. En febrero de 1903, Pamplona rondaba los 30.000 habitantes, el tel�fono era un invento reci�n estrenado y acababan de debutar los autobuses a vapor. Era una ciudad encerrada en sus murallas con el Monumento a los Fueros del Paseo Valencia todav�a en obras. La poblaci�n vivir� constre�ida, reducida a un espacio cada vez m�s angosto que le impedir� afrontar los retos de una sociedad que comienza a abandonar las formas de vida y de trabajo del Antiguo R�gimen. As� surgi�  en 1888, el Primer Ensanche,  en torno a la Ciudadela y el Segundo Ensanche,  en 1905,  para permitir el crecimiento ordenado hacia el Sur. 

El carlismo,  permaneci� dividido en varios sectores hasta la proclamaci�n de la Rep�blica en 1931. En Navarra se implant� el partido nacionalista vasco, fundado por Sabino Arana y tambi�n el Partido Socialista Obrero Espa�ol. Durante la Dictadura de Primo de Rivera, el principal motivo de discusi�n de estos a�os fue la administraci�n municipal.

    Con la II Rep�blica , las tensiones pol�ticas y sociales se agudizan, pero los grupos conservadores mantienen un peso pol�tico y social siempre mayoritario. El estallido de la guerra, en el que algunos l�deres militares y civiles navarros fueron protagonistas, situar� a la regi�n en el lado de los vencedores desde el primer momento  a pesar de la presencia de una minor�a de izquierdas que fue duramente castigada.

    Navarra fue una de las regiones donde triunf� el Golpe de Estado gracias al acuerdo  que el General MOLA  realiz� con los  REQUET�S, pocos d�as antes del  18 de Julio de 1936.  Por este motivo el General Franco acept� la situaci�n  foral que hab�a en  Navarra a partir de la Ley Paccionada   de 1841. En la primera visita que realiz� a Navarra en Nov. de 1937, concedi� la Cruz Laureada de San Fernando que figur� en el escudo oficial hasta la llegada de la Democracia. En Dic. de 1952  volvi� para inaugurar el Pantano de Yesa, el Monumento � de los Ca�dos en la Cruzada� y las casas  del Patronato �Francisco Franco�,  en  la Chantrea, construidas  para  obreros  en los inicios del  desarrollo econ�mico. En los carteles de bienvenida al escudo del Yugo y las Flechas, propio de la Falange, superpusieron la Cruz  de San Andr�s, s�mbolo de que el Carlismo sequ�a siendo la principal fuerza pol�tica en Navarra.

    La d�cada de los 60 y 70  supusieron una r�pida industrializaci�n y modernizaci�n de las estructuras econ�micas y Navarra se convirti� en una de las regiones m�s conflictivas socialmente frente al r�gimen de Franco. La creaci�n del pol�gono industrial de Landaben, dentro del Plan de Promoci�n Industrial propiciado en 1964 por la Diputaci�n Foral, impuls� definitivamente la actividad industrial de Pamplona y propici� un profundo y generalizado cambio en las mentalidades y en las condiciones de vida. La Pamplona tradicional, peque�a, artesana y rural, se transform� en una sociedad viva, que impuls� las reivindicaciones sociales y pol�ticas.  La transici�n pol�tica del franquismo a la democracia se vivi� en la capital navarra con particular intensidad, primero en el plano sindical y despu�s, de manera generalizada, en el pol�tico y cultural.

    El proceso culmin� con la democratizaci�n del sistema pol�tico y la reforma del r�gimen foral navarro. L
a calidad de vida de los pamploneses experimenta una progresi�n paralela a la urban�stica.  A partir de entonces la poblaci�n rebosa las estructuras urban�sticas y se expande hacia los barrios perif�ricos. Se inicia el tercer ensanche y con �l una alteraci�n de la imagen anterior de Pamplona que adquiere una nueva fisonom�a organizada alrededor de un amplio cintur�n de parques y zonas verdes.

    La Pamplona de hoy se presenta al visitante como una ciudad din�mica, de tama�o medio y equilibrada que combina el legado hist�rico de la vieja urbe medieval con una completa oferta de servicios sociales, educativos, sanitarios y culturales que la sit�an entre las ciudades con mayor nivel de bienestar de Europa. El fuerte crecimiento demogr�fico y econ�mico de Pamplona y su comarca en las �ltimas d�cadas han transformado el paisaje de esta zona de Navarra. Su privilegiada situaci�n ha propiciado la transformaci�n de la ciudad en los �ltimos decenios, hasta convertirla en un din�mico centro industrial y de servicios, e importante nudo de comunicaciones entre Europa y el Valle del Ebro. Muestra un crecimiento contenido y crece en sinton�a con unas pautas urban�sticas ejemplares.

     Pamplona es una ciudad abierta y acogedora, preocupada por un crecimiento ordenado. El calificativo de ciudad verde est� ligado a la preocupaci�n por la conservaci�n de los antiguos parques y jardines heredados de la vieja ciudad fortificada -como La Taconera, Tejer�a, La Vuelta del Castillo o los jardines de La Media Luna- y a la creaci�n de nuevos espacios de esparcimiento y ocio -entre los que destacan el campus de la Universidad de Navarra, los parques de La Biurdana, El Mundo y Yamaguchi, o los m�s recientes de Mendillorri, Mendebaldea y el Parque Fluvial del Arga-.

    Pamplona est� hermanada con las ciudades de Bayona (Francia), Paderborn (Alemania) y Yamaguchi (Jap�n). Con la ciudad colombiana de Pamplona, fundada por el navarro del Valle de Bazt�n Pedro de Urs�a en 1547, existen tambi�n acuerdos de jumelaje.


Escudo, bandera e himno

 El escudo, la bandera y el himno de Navarra constituyen los s�mbolos oficiales de la Comunidad Foral. Los dos primeros est�n definidos en la LORAFNA. La Ley Foral 7/1986, de 28 de mayo, aprobada por el Parlamento de Navarra establece el himno oficial y regula la utilizaci�n de todos los s�mbolos de Navarra.

Escudo

La Ley Org�nica de Reintegraci�n y Amejoramiento del R�gimen Foral de Navarra (LORAFNA), de 10 de agosto de 1982, establece en su art�culo 7.1:

"El escudo de Navarra est� formado por cadenas de oro sobre fondo rojo, con una esmeralda en el centro de uni�n de sus ocho brazos de eslabones y, sobre ellas, la corona real, s�mbolo del Antiguo Reino de Navarra".

Esta descripci�n corresponde al escudo hist�rico de Navarra -cadena de oro sobre fondo de gules- que tiene su origen en el escudo de armas que el rey navarro Sancho VII el Fuerte adopt� como propio en 1212, tras la victoria de los reyes cristianos de Navarra, Castilla y Le�n, contra las tropas musulmanas, sucedida en las Navas de Tolosa (actual provincia de Ja�n), dentro de la reconquista de la pen�nsula. Las cadenas representan a las que rodeaban la tienda del rey moro Miramamol�n el Verde y que Sancho el Fuerte rompi� con su propia espada. Y la esmeralda central representa la que el rey moro vencido llevaba sobre su turbante.

Este s�mbolo her�ldico personal de Sancho el Fuerte sustituy� al que el mismo rey utiliz� hasta entonces, que era un �guila negra. El escudo del rey paso a ser considerado m�s tarde escudo del reino y se representa, a lo largo de los siglos de distintas maneras -cadenas, barras, esferillas-. En 1910 la Diputaci�n Foral aprueba un dise�o como modelo oficial de escudo.

En 1931, con el advenimiento de la Segunda Rep�blica Espa�ola, la corona real del escudo es sustituida por una corona mural, que asemeja un castillo o fortaleza. En 1937 se recupera la corona real. Y en este mismo a�o el escudo oficial incorpora tras de s� la Cruz Laureada de San Fernando, condecoraci�n militar otorgada por el General Franco a Navarra, por la participaci�n en el levantamiento de 1936. En 1981, mediante una Norma del Parlamento de Navarra, el escudo vuelve a tener la forma tradicional, que meses despu�s definir�a con el m�ximo rango legal la LORAFNA.

 

Escudo de Navarra

El escudo de Navarra sobre la bandera.

 

Bandera

La LORAFNA establece en su art�culo 7.2.: "La bandera de Navarra es de color rojo, con el escudo en el centro".

La bandera de Navarra viene us�ndose como s�mbolo de la Comunidad Foral desde 1910. En ese a�o, la Diputaci�n Foral decidi� sus caracter�sticas, adoptando el color rojo por ser �ste el mismo del fondo del escudo oficial, y acord� izarla en el balc�n del Palacio de Navarra en las festividades religiosas (San Ferm�n, San Francisco Javier, San Miguel y la Inmaculada Concepci�n, as� como el 16 de julio, aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, y en otras fechas destacadas).

Desde la aprobaci�n de la LORAFNA, en 1982, las banderas oficiales ondean permanentemente en las fachadas del Palacio de Navarra, al igual que en otros edificios oficiales. La Ley Foral de S�mbolos de Navarra establece que la bandera deber� ondear en el exterior y ocupar lugar preferente en el interior de todos los edificios p�blicos civiles del �mbito de la Comunidad Foral, sin perjuicio de la preeminencia de la bandera de Espa�a.

La bandera de Navarra

La bandera de Navarra en la fachada de la Diputaci�n.

 

Himno

La Ley Foral de S�mbolos de Navarra establece como Himno de Navarra el "Himno de las Cortes", que debe su origen a la "Marcha para la entrada del Reino", pasaclaustro barroco que se interpretaba en el claustro de la Catedral de Pamplona al paso de las Cortes de Navarra, con motivo de la celebraci�n de sus sesiones.

Esta marcha ven�a siendo interpretada desde el siglo pasado en las principales ceremonias oficiales y era considerada, de hecho, como el himno propio de Navarra, aunque no se le otorg� una oficialidad expresa hasta 1985, con la aprobaci�n de esta Ley Foral.

El himno tiene los arreglos del compositor madrile�o Valent�n Ruiz, si bien el himno, sin embargo, no ha sido determinado legalmente, pese a que el sentir general ha venido considerando como tal el �Himno de las Cortes� que debe su origen a la �Marcha para la entrada del Reyno�, obra compuesta en el siglo XVIII y que se interpretaba en el Claustro de la Catedral de Pamplona para acompa�ar la inauguraci�n de las sesiones de las Cortes camino de la Sala de la Preciosa para la celebraci�n de sus sesiones.

La Ley Foral (7/1986) declara como himno de Navarra el �Himno de las Cortes�.    


  La letra del himno,   compuesta en 1971 por Manuel Iribarren, 
es la siguiente en su versi�n en castellano:

Por Navarra,
tierra brava y noble,
siempre fiel,
que tiene por blas�n
la vieja Ley tradicional.

Por Navarra,
pueblo de alma libre,
proclamemos juntos
nuestro af�n universal.

En cordial uni�n,
con leal tes�n,
trabajemos y hermandados
todos lograremos
honra, amor y paz.
 

Partitura del Himno de Navarra

Partitura del Himno de Navarra.


 


La letra del himno, en su versi�n en euskera, traducida  por  Jos� M� Azp�roz, es como sigue:

Nafarroa, lut haundi
ta azkar beti leial,
zure ospea da
antzinako lege zarra.

Nafarroa, gizon
askatuen sorlekua,
zuri nahi dizugu,
gaur kanta.

Gaiten denok bat,
denok gogo bat.
Bein betiko
iritsi dezagun
aintza, pake eta maitasuna.


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